Su mundo estaba silenciado por el polvo y la ceniza, pero Nadia, ajena a todo, correteaba entre ruinas. Ya su nombre clamaba esperanza, Nadia.
Cada vez que reía se le intuía su sonrisa, amortiguada por el filtro de la enorme máscara que llevaba, y sus carcajadas resonaban mientras mecía a su muñeca, una reliquia de tela raída a la que ella llamaba Estrella.
Bajo un cielo gris y radiactivo saltaba sobre escombros, inventando historias donde Estrella era una heroína que salvaba ciudades perdidas.
Mientras, los gases tóxicos lo invadían todo, como en el cuadro ‘El Triunfo de la Muerte’ de Bruegel, donde los ejércitos esqueléticos avanzan inexorablemente hacia un mundo ya sumiso y rendido, arrasándolo todo a su paso.
El viento tóxico ululaba pero Nadia danzaba despreocupada. Para ella, el mundo roto era un patio de juegos; cada ruina, un castillo; cada sombra, una compañera; cada nube tóxica, un inalcanzable algodón de azúcar.
El apocalipsis era solo un juego más en su eterno recreo.