Está siendo atacada por un enjambre de pensamientos sin dueño que nacen de la oscuridad del alma.
Le arrastran por dentro, fríos, insistentes hasta hacerle crujir el alma.
Sus ojos no miran al mundo, miran al vacío que se abrió dentro de su pecho y que grita silencio.
No la están matando, la están invadiendo desde dentro.
Sin permiso, sin descanso, y ella permanece ahí, inmóvil y rota, temblando, gritando sin voz el nombre del miedo, demostrando que la ansiedad no necesita siempre cadenas, a veces basta con pensamientos que no te sueltan la cabeza.