Y el corazón de cristal, resquebrajado por miles de promesas rotas y decepciones, se volvió pétreo.
Ahora ya no sangra en silencio, ahora late como un tambor de guerra.
Cada herida aprendió a soldarse con paciencia.
No busca ser perfecto, solo inquebrantable.
En su latido ya no hay miedo, solo la certeza de quien sabe que, aunque la vida vuelva a golpear, esta vez no lo encontrará desprevenido.